miércoles, 21 de diciembre de 2011

Summer after high school

When we first met



Bill cerró los ojos y se obligó a sí mismo pensar que estaba sentado en la cama de su habitación, con su equipo de música a toda potencia y su libreta, su medio más inmediato para contactar con sus sentimientos. Su gato Kasimir ronroneándole en el oído buscando mimos y su madre aporreando la puerta y gritándole que bajara un poco la música. Casi lo consigue.

Casi.

Su padre, bendito fuera, había esquivado a un cervatillo obligando a todo el coche a dar un movimiento brusco. El cervatillo se fue corriendo, así, sin dar las gracias ni nada.

Los animales están muy locos.

Gracias a ese pequeño incidente, Bill tenía más ganas de vomitar. Muchas más que antes. Sentía la bilis ir de arriba abajo por su garganta, montando juerga con las amígdalas y contoneándose con sus cuerdas vocales. 

La muy puta. ¿No se podía estar quieta?

—¿Hemos llegado ya?

Gracias, Sean, gracias por preguntar.

—Sí, ¿ves las playas que hay aquí? ¿Y los edificios? ¿A que son bonitos? ¡Son preciosos! ¡Mira la gente, qué morena! Se respira un aire tan agradable y calentito en California.

Bill y Sean pusieron los ojos en blanco mientras Gordon reía por las ocurrencias de su madre. 
Contradiciendo todo lo que Simone había pronunciado, el paisaje se veía montañoso, desierto, frío y desagradable.

A Bill le recordaba un poco a Alemania, con la diferencia que estas montañas no estaban tan  nevadas como las de allí. Pero le daba la impresión de que el frío se sentía igual. Bueno, quizá que estuviera vestido con un simple pantalón de chándal fino, una camisa sin mangas y sin zapatos ni calcetines ayudara a la causa: “Por un Bill hipotérmico”, pero ¿él qué sabía? Sus padres les habían dicho que iban a California, ¡¿qué cojones sabía él que el camino entre California y Iowa era tan frío?! Hombre, lo más normal es que fuera más calentito, por eso de que estuvieran en verano y esas simples tonterías… Pero al parecer no. Aunque a Bill tampoco se le daba muy bien la meteorología.

Les quedaba bastante camino por delante. Habiendo pasado ya por las fronteras de Nebraska y a mitad del estado de Colorado, Bill sentía que el culo ya se le estaba poniendo cuadrado. E iban a 12 horas en coche todavía.

Y el viaje duraba un día y seis horas.

Bill se sentía desecho.


Pasaban por el bonito Denver, viendo los edificios enormes y los lagos cristalinos. Por la noche la ciudad debía de ser preciosa. Pero era algo que Bill no pensaba comprobar.

Cuando Gordon había dicho, dos días antes: “Hey, ¿qué tal si hacemos el viaje en coche?” Bill había pensado que era broma. Y habría jurado que tendría el apoyo de los otros integrantes de su familia cuando él respondió: “¿estás loco? Los viajes por carretera me marean”

Pero ese día su madre y su hermano tenían el sentido familiar en el culo.

Sean, con una sonrisa y dando palmas como si de un niño chico se tratase, teniendo en cuenta que ya rondaba los 14 años, había gritado: “¡sí, viaje en caravana!”. Mientras, Simone había asentido entusiasmada.

Y Bill se había encerrado en su habitación de hotel enfadado para lo que quedaba de día.



Ya solo quedaban tres bonitas y fantásticas horas para llegar. Según el GPS que Simone le había regalado a Gordon por Navidad, se encontraban en Nevada, en las afueras de Barstow.

Se habían sentado en una de esas mesas de picnic, en una de las zonas de descanso para los que hacían viajes muy largos. Habían parado gracias a las inmensas e inesperadas ganas de vomitar de Bill.

—¿Vomitar qué?—. Preguntó, con un deje de arrogancia adolescente,Sean.— Lo vomitaste todo en  Las Vegas y no has comido nada desde ayer, ¿qué vas a vomitar, sangre?

Bill solo respondió con una arcada.

Se asentaron en el sitio como por dos horas (dos apreciadas horas que habrían servido para llegar más pronto), que le hicieron bien a Bill. Después de que las náuseas habían decidido irse a dormir después de trabajar como chinas, el estómago le sonó de manera tan tremenda que pensó que las montañas de su alrededor se derrumbarían. No fue así.

Devoró lo poco que había dejado Sean y su apetito voraz típico de un adolescente en proceso de crecimiento, y Simone le ofreció sacar parte de las reservas que había guardado previendo con sus instintos maternos lo que haría su hijo más pequeño y lo que le pasaría a su hijo mayor.

Sean había protestado un poco al darse cuenta que Simone le había ocultado tanta cantidad de patatas fritas, Doritos y chocolate, pero dejó de hacerlo cuando Bill le ofreció lo último en son de paz.

No es que quisiera complacer a su hermano pequeño. Es que no le gustaba el chocolate. Era algo así como: “te doy mis sobras y tú a pringar con eso”.

Una vez Gordon comprobó que su hijo se sentía tan bien vitalizado como para no querer vomitar en el maravilloso tiempo de una hora, emprendieron el viaje por carretera hacia Oceanside, un poquito más al sur de Los Ángeles.

Bill decidió dormir en ese tiempo, para no notar el viaje.

En menos de diez minutos lo había conseguido. Algo que extrañó sobremanera a su hermano Sean, ¿cómo podía dormir tanto? Se había pegado prácticamente TODO el viaje durmiendo, y si no durmiendo, quejándose por sus dolores y sus increíbles ganas de llegar. Y después durmiendo otra vez.
A Sean le costaba todavía llegar a las once de la mañana dormido cuando su hermano se pegaba mínimo doce horas de un tirón. Le fascinaba la habilidad esa de su hermano. Él también la quería.



—¡Treinta y siete horas de viaje en carretera y por fin desembarcamos al fantástico Oceanside! Buen tiempo, ¡hace 26ºC y son las ocho de la noche! Ahora mi dulce esposa saca todo el equipaje del maletero. Saluda a la cámara, Simone.— Ella lo miró mal mientras intentaba sacar dos pesadas maletas y las sombrillas.— Tan amable como siempre, ya sabéis por qué la amo tanto, será por su gentilidad, su belleza, su buen humor…—. Calló cuando sintió como una  de las sombrillas pequeñas aterrizaba en su cabeza.- Aquí mi guapo hijo pequeño, ayudando tan fervientemente a su madre,— enfocó a Sean, quien estaba apoyado en el capó de la caravana buscando fervientemente en la bolsa de las chucherías las alubias de gominola azules que tanto quería.— Tan servicial… Y aquí el más vivaz de todos, el que demuestra la vitalidad propia de un chaval de diecisiete añazos, casi dieciocho, mira a la cámara.— Bill gruñó mientras salía del automóvil encorvado, con los ojos pequeños y con pelos sobresaliendo aquí y allá.— Tiene toda la pinta de habérselo pasado pipa en el viaje.

—Cállate, Gordon—. Sollozó Bill mientras se sobaba los ojos e intentaba arreglarse el pelo al máximo.

—Papá, Bill, se dice papá. Con diecisiete años y no sabes pronunciar eso.

—Te llamaré papá cuando te perdone por haberme obligado a treinta y cuatro horas de viaje en coche, con náuseas, dolor de espalda y aplanamiento de culo incluidos.

—Treinta y siete horas, Bill. Y yo te veo el culo muy bien.

—¿De verdad te crees que con eso ayudas a que te perdone antes?

—Perdón por interrumpir tan importante debate—, Simone apenas podía sostenerse en pie del peso que sostenía con sus delgados brazos—. No interrumpiría si no estuviera a punto de colapsar con el suelo. Lo juro.

Gordon cerró la cámara mientras graznaba disculpas hacia su amada. Los dos hermanos se limitaron a poner los ojos en blanco y girarse para ver la nueva residencia en la que se iban a quedar.

No era pequeña, ni mucho menos, un chalet se alzaba ante ellos  en todo su esplendor, tal y como Gordon lo había descrito. Y no se esperaban menos, ¿qué más se le podía pedir a un abogado? Nada.

 No, en serio, nada.

Sean y Bill habían aprendido a no ser pesados ni hacer pataletas gordas si no les daban lo que querían. Gordon aplicaba sus facultades aprendidas de su trabajo y, además de ganar, siempre les imponía un castigo humillante.

—¿Os gusta?— Gordon estaba parado detrás de ellos contemplando la casa con un brillo en los ojos propio de un niño que ha descubierto una nueva aventura.— Está cerca de la playa, las habitaciones son gigantes, y ahora que es nuestra… —, enfatizó el <<nuestra>> como si de palabra divina se tratase. —… Os doy permiso absoluto para que decoréis la habitación como queráis.

—Es preciosa, cariño.— Simone le dio un beso en la mejilla y se quedó mirando también el edificio.
No pasó mucho tiempo hasta que los dos adolescentes se dieran cuenta del momento familiar bochornoso que estaba ocurriendo y se separaran de sus padres como si llevaran la lepra.

—¿Sabéis qué? Tengo muchos posters qué colgar, así que…— Bill cogió sus pertenencias y se dirigió a su casa de veraneo nueva,—… os veo luego.

Simone y Gordon miraron a Sean.

Este los miró también y, en el segundo después, salió disparado hacia ninguna parte, cogiendo a Réptil, su lagartija doméstica, de la jaula y evitando mirar atrás.

Los padres suspiraron. Era tan difícil tener ya un simple momento en familia.



Bill maldecía y pateaba cuantas cajas se encontraba a su paso mientras se auto compadecía por su mala suerte. ¿De todo el basto pueblo que había, por qué su casa era el único sitio que no llegaba suficiente señal para conectarse un rato a las redes sociales y hablar con Andreas?
Echaba de menos hablar con alguien de su misma edad y de su mismo dialecto.
Era un inconveniente muy grande ir a un país extranjero y no encontrar NI UN solo ser que hablara un poquito de alemán. Ni uno.

Y él lo sabía de muy buena mano.

El primer día, que había decidido salir solo a dar un paseo para conocer el lugar y poder ubicarse, unos cuantos chicos de lenguaje repipi y congestionado se le habían acercado con un: “hola, guapa”.
Bill ni siquiera sabía que se referían a él. Quería decir, es verdad que su aspecto de pelo largo y liso, uñas bien pintadas y maquillaje, además de que era de constitución delgada, lo hacían parecer más mujer que hombre. Pero eso no quería decir que le gustara que lo llamaran “guapa”.
Por eso decidió ponerles a prueba.


Una vez que se dio cuenta que los pijos, con pinta de surferos, hablaban con él, se giró y les dedicó la sonrisa más encantadora que encontró. Se acercó a ellos y con la voz más suave y femenina que poseía preguntó en su idioma natal: “¿sabéis hablar alemán?”

Por supuesto, él no tenía intención de que lo hicieran, casi ni le importaba, tenía un nivel superior de inglés y podía mantener una conversación de más de dos horas, pero les había preguntado aquello solo para joderlos.

Cuando vio que se quedaban con cara trastocada y empezaban a murmurar un: “¿qué ha dicho?” se limitó a rodar los ojos mientras se daba la vuelta y gritaba un: “¡que os follen!” en un inglés perfecto.





Cuando Sean llegó a casa con un nuevo amigo, se los presentó formalmente y le pidió permiso a Simone para que le dejara salir con su nuevo grupito a la playa a hacer una fogata, Bill supo que su vida social había tocado fondo. Semanas enteras habían pasado ya, eran principios de Julio y el momento más interesante que había tenido a lo largo de todo ese tiempo fue cuando tuvo que darle de comer a Réptil porque su hermano se había puesto enfermo.

Había salido y mucho, cada tarde cogía su toalla y su bañador y se dirigía a la playa de enfrente de su casa a tomar un poco el sol y darse un baño rápido.

Por supuesto, en la playa no habían tantos moscones revoloteando a su alrededor. Era difícil que alguien lo confundiera con una chica si veían la ausencia de pechos en su torso, además del hecho de que utilizara traje de baño en lugar de bikini.

Y la playa no era el único sitio al que iba, se había dedicado a visitar el centro comercial, las calles principales y todos los mercadillos artesanales del lugar. Y allí sí que solían confundirlo con el sexo opuesto al suyo y acercárseles como si un mono de feria se tratase.

Feria…

—Papá…

— ¿Dime, hijo?

— ¿No fuiste tú el que me comentó el otro día de una feria por aquí cerca?

—Bueno, cerca, lo que se dice cerca, no está, pero sí, sí que hay.

Bill se quedó mirando al vacío un momento y después volvió a abrir la boca.

—Y… ¿me prestarías el coche esta noche?

—No.

— ¡¿Por qué?! Soy responsable, te lo cuidaré, ¡no beberé!

—Sé que no lo harás, Bill, pero me da miedo que te pierdas o pase algo… Estamos en otro continente, ¿lo 
recuerdas?

—Sí, lo sé, pero, ni siquiera llegaré tarde, ¡lo juro! Y…

—Sólo tienes diecisiete años, Bill—, la voz de Gordon se empezaba a notar cansada.

— ¿Y qué? Los chicos de aquí conducen su propio coche con dieciséis. Eso es un año menos que yo, papá, yo sé conducir, y mi carnet es válido para este país, ¡por favor!— Gordon suspiró y miró a su hijo de reojo. Tenía razón y estaba prometiendo ser responsable, pero eso lo había hecho muchas veces antes y no lo había llegado a cumplir y…

—Vamos, Gordon, – Simone había entrado en la habitación solo para coger unas revistas, pero al escuchar la discusión pacífica que mantenían padre e hijo no pudo evitar inmiscuirse. —Bill ya es mayor y dentro de poco tendrá ya los dieciocho años. ¿Cómo quieres que sea alguien de provecho si no le das ni confianza?

Gordon bufó exasperado, cuando Simone quería, ganaba, y daba igual cuantas técnicas de derecho utilizara, ella siempre llevaba la razón en todo.

—Está bien. — Gordon se sacó las llaves del bolsillo trasero e hizo el ademán de entregárselas, pero antes de que Bill pudiera cerrar su mano en torno a las figuras plateadas, Gordon lo esquivó y le dirigió una mirada de advertencia: —Pero, escúchame bien, como el coche venga con un solo rasguño no vuelves a coger un coche en tu vida.





Habiendo llegado ileso al parking descubierto de la feria, que estaría alejada de su nueva casa por unos 43 kilómetros, observó con detenimiento lo que le rodeaba. La tierra marrón claro bajo sus pies se extendía a lo largo y ancho de todo lo que su vista abarcaba. Aun a pesar de estar bastante lejos de la feria, podía divisar a la perfección una noria gigante girar despacio, brillando con las luces azules, verdes y amarillas que la rodeaban.

Más allá podía ver las hileras de carpas que hacían sus veces de restaurantes elegantes y caros, y los caballos diminutos montados por guardias-hormigas cabalgaban por las calles para resguardar la paz de las fiestas.

Bill suspiró insatisfecho al recordar todo el trecho que le quedaba por llegar a la feria andando,  más al recordar los zapatos de tacón que había decido ponerse.

Guardó el GPS y escondió el radio debajo del asiento (vale, estaba en un sitio muy tranquilo de Cali donde el por ciento de robos era casi nulo, pero su padre se había gastado 500€ en el aparatejo y como le rompieran una ventana para cogerlo le daba un ataque a él, a su madre, a su hermano y a… Bueno, Gordon directamente moriría), antes de salir y cerrar el coche, se miró en el espejo delantero. Sonrío al chico guapo que reflejaba este, con su maquillaje y sus labios rosas y ese pelo, ¡oh, ese pelo! Qué buena decisión había tomado al hacerse esas rastas sin permiso el día anterior, ¡eran fantásticas!

Bill dejó de sonreír. No era momento de ponerse egocéntrico él solo, era momento de hacer que los demás lo pusieran egocéntrico.

Caminó a través de la cálida noche mientras observaba a todas esas familias, con todos esos niños correteando por ahí y madres gritando. Adolescentes con las botellas de alcohol bajo el brazo y parejitas que iban parando en cada capó de coche que encontraban y sobándose como animalitos en plena fase hormonal.

Qué envidia.

Cuando su pie tocó el asfalto y pudo escuchar la jovialidad, oler los dulces y ver las luces candentes que obligaban a sus ojos entrecerrarse después de haber estado en la oscuridad del parquin lo que pareció media hora, sonrió por segunda vez en esa noche. En Alemania muy raro era sentirse así, con la gente tan llena de alegría y con tanto calorcito.

Se fue directo a una tienda de chucherías variadas y se compró cuanto pudo, guardándolo todo en el bolso para un después y llevándose el algodón de azúcar en la mano, pringándose con la nube rosa. Caminó sin rumbo a través de los grupos de gente y miró todas las atracciones que lo rodeaban.

Hubiera sido estupendo poder estar acompañado.

Se encogió de hombros mientras tiraba el palo de, lo que antes fue, algodón y caminó hacia las casetas. La gente de las casetas se lo tomaba muy en serio en cuanto a eso de ir elegantes. Si las mujeres estaban ataviadas con sus mejores galas, los hombres no se quedaban atrás, con sus trajes y chaquetas y corbatas… 

A Bill le dio calor solo con verlos.

Cuando por fin encontró una caseta medio vacía, ocupada solo por unos cuantos jóvenes de más o menos su misma edad, borrachos como una cuba, entró y pidió un Sex in the beach, sabiendo que solo se tomaría un vasito, por la seguridad del coche y de su propia corta vida.

Observó detenidamente el local. Aún a pesar de tener las bebidas y las comidas por las nubes, la caseta no tenía pinta de ser una de las mejores cosas que hubiera visto. Es más, había visto tabernas y bares más limpios que esa misma carpa. El grande plástico que hacía de techo y paredes lucía unos grandes y negros manchurrones en diversos sitios. Las sillas y mesas descansaban desperdigadas por todo el lugar. La barra estaba llena de vasos utilizados y en el suelo se podían distinguir platos de plástico, comidas, bebidas de todo tipo y más variedades.

Se arrepentía sobremanera haber pagado siete dólares por ese pequeño vaso con piña colada y un poco de alcohol en ese lugar tan feo y solitario. Hubiera sido mejor ir a un lugar más concurrido, con más jolgorio, más limpieza, más… Calor humano. Esa luz fosforescente de hospital estaba haciendo que se sintiera apático y enfermo entre otras cosas. Eso y el decorado hacían que deseara que su bebida de verdad lo pusiera, mínimo, más alegre. Pero viendo lo pobre del lugar, ni siquiera estaba seguro que le hubieran puesto más de tres gotas de alcohol.

Siguió con sus pensamientos divagando y bebiendo traguito a trago, por miedo de que las tres gotas se le subieran a la cabeza mientras miraba a un punto fijo de la barra. No fue hasta que escuchó la risotada de unos de los jóvenes que estaban allí que se acordó que en el lugar no estaba tan solo como se sentía.  En el rincón opuesto a las entrada, allí en el rincón más oscuro y alejado, unos cinco chicos con las corbatas aflojadas, las chaquetas por ahí volando y los cubatas en la mano, reían y lo miraban mientras cuchicheaban cosas que Bill no llegaba a comprender.

Era común para él toparse con unos cuantos gilipollas que siempre estaban dispuestos a reírse y llamarlo “mariquita”, “subnormal” o “enfermo” pero eran cosas de las que Bill había aprendido a hacer oídos sordos.

Por eso, no queriendo insultar a los capullos, no fuera a ser que se metiera en problemas innecesarios, se bebió lo que le quedaba de su “zumo”, cogió su bolso y se levantó dispuesto a marcharse sin mirar atrás.

— ¡Hey!

Bill había escuchado con absoluta claridad la exclamación. Es más, la había escuchado igual que si se la hubieran susurrado al oído. Pero prefirió no darle tregua a la curiosidad y siguió andando altanero y desconfiado. Podría ser uno de los chicos de antes, que estuviera dispuesto a hacerle cualquier tontería para hacer que sus colegas se rieran a su costa. Sí, pasaba de el qué dirán de la gente pero de ahí a prestarse a que lo hagan. Claro que no.
Dio unos cuantos pasos más cuando sintió que alguien le tocaba el hombro de manera algo brusca, algo suave.

Con un gruñido y un rodamiento de ojos, giró sobre sus talones y se plantó enfrente del señor Tocahombros. 

Ni siquiera levantó la mirada, solo se quedó mirando fijamente sus manos, posadas delicadamente en su bolso mientras fruncía el ceño.

—Te has dejado… —, levantó un poco la vista para fijarse en una cartera gris con el símbolo de Dior estampado en cada uno de los lugares que la fina tela tenía. Encima de ella, un iPhone descansaba dormido, con su pantalla completamente negra. Bill se dio unos cuantos golpes mentales en el estómago por su despiste. No era la primera vez que le pasaba y estaba más que claro que no sería la última—… Esto.

Bill asintió, sintiendo ya la cara caliente, causado por la  vergüenza y el calor del momento. Más rojas se tornaron sus mejillas todavía cuando notó que el chico soltaba una leve risa y le extendía más sus pertenencias.

—Perdón—. Tocó con delicadeza fingida las manos del chico mientras recogía de ellas sus cosas y se apresuró a meterlo todo en su bolso—. Soy un… Despistado, gracias por traerme mis cosas.

Sin nada más que decir se giró dispuesto a llegar cuanto antes al coche y, como siempre, mortificarse por lo tonta que era su mente a veces, ¿cómo era capaz de sacarse nueves y dieces en mates y a la vez olvidar cosas tan normales como coger un móvil y una cartera?

Por supuesto, no se habría avergonzado tanto si el chico que le había entregado el móvil no hubiera sido tan… Amable. Habría preferido una y mil veces que el chico en cuestión solo fuera para reírse un rato de él, esas cosas eran fáciles de sobrellevar, solo con insulto o una bofetada servía, pero… ¿Simpatía? ¿Amabilidad? Eran cosas que no sabía cómo manejar.

Su deseo de que la tierra lo tragase ya tenían un nivel de diecinueve en una escala del uno al diez cuando el mismo chico de antes lo llamó mientras caminaba a su lado.

—Perdona… Perdona—. Bill suspiró irritado, ¡¿tan difícil era morirse del bochorno él solito?!

— ¿No…? ¿Acaso no te he dado ya las gracias?—, se giró medio molesto, medio pretendiendo ser buena gente. Esta vez miró al frente, dispuesto a plantarle cara, pero en el último minuto sus ojos decidieron actuar por sí solos y desviaron la vista hacia su izquierda. Bill le dio un taconazo al suelo mental mientras se cruzaba de brazos— ¿No te las di? ¿Es eso? Porque…

—No, no es… No es eso. Es solo que…— El chico se aclaró algo la garganta. ¿Era la impresión de Bill o él también estaba intimidado?—, que me preguntaba si…

Bill hizo una mueca entre incredulidad y felicidad, ¿de verdad había sido tan fácil? ¿Solo había tenido que olvidarse sus cosas para tener un admirador? Si lo hubiera sabido antes lo hubiera hecho desde hacía mucho, pero claro, su cabeza, que solo servía para el álgebra y poco más…

— ¡Tom! ¡El móvil! Tu querida Nella pregunta histérica por ti, dice que la has dejado tirada y está sola en…— La cara de Bill debió de ser parecidísima a la de un bulldog, porque la expresión de terror que se le quedó al amigo del supuesto Tom, que había venido corriendo y sudaba como un pollo en el horno aún  a pesar de ser distancia corta desde la caseta hasta su lugar, no era, cuanto menos, fingida. Por supuesto, al de rastas negras le había molestado, y mucho, que lo interrumpieran en pleno flirteo, pero que encima pronunciaran a una “querida”, eso ya lo ponía enfermo.

Por lo tanto, cuando Tom logró que su amigo se marchara para seguir hablando con él, Bill solo ladró un escueto “adiós”, se giró y siguió su camino dispuesto a llegar a su casa, dejar el coche e irse al bar más cercano y emborracharse como era debido.

Tom todavía observaba medio asombrado los cambios de humor del chico, que pasaba de arisco a maravillado y después a cabreado, ¿qué le pasaba?

Bill  ya había avanzado sus largos pasos buscando su móvil con expresión ofuscada—, necesitaba llamar a Andreas para contarle todo, sin importarle lo caro que le saldría llamar de un continente a otro de un móvil por contrato.

No fue hasta que casi choca con el desconocido, (que, por lo que había podido ver por el rabillo del ojo, era rubio y con rastas desorganizadas recogidas por una cola de caballo, tapadas con una gorra y una bandana) , que no se dio cuenta que lo había adelantado con suma facilidad y ahora se encontraba plantado enfrente suyo.

—No tengo ni idea de lo que haya podido hacerte, pero te juro que no lo hice a propósito, ¿vale?— Bill miró confuso al cielo mientras esquivaba al sujeto en cuestión y seguía su camino. Quiso pensar que lo había conseguido, pero al segundo siguiente Tom caminaba hacia atrás delante de él, la prueba humana de que sus deseos no se cumplirían. Suplicaba perdón mientras hacía infinitos gestos con las manos, hasta el punto de parecer un mimo parlante. En un determinado momento entre la irritación y la molestia, Bill sintió como una pequeña carcajada escapaba de sus labios y casi sin quererlo sus ojos fueron a parar a la mirada penetrante del otro. Se paró en mitad del guirigay de la gente que correteaba a su alrededor, haciendo parar al de trenzas también. Ocultó su sonrisa mirando al suelo e intentando esconderse detrás de la cortina de sus rastas escuchó un: “Y entonces, ¿qué me dices? ¿Quieres ir conmigo a beber algo?”
Casi había soltado un bobo “sí” cuando se acordó de la tal “Nella”. La sonrisa dulce y sincera se transformó de forma drástica en una de burla y mofa.

— ¿Para qué? —, su orgullo estaba ganando la batalla y la vergüenza se iba haciendo cada vez más pequeña. Por supuesto que lo miró a los ojos pero esta vez lo hizo con odio, como si la sonrisa en sí no fuera suficiente. Lo que no entendía era por qué le dolía tanto el engaño de un extraño. Lo acababa de conocer, no debería de importarle.

—Para… Beber… Algo.

Bill tenía que reconocerlo, el chico tenía un don para hacerlo reír con lo mínimo, pero eso no iba hacer que fuera más comprensivo con él, ¿cómo serlo con alguien que pretendía utilizarlo una noche y después irse con su querida?

—Tengo la agenda muy apretada.

—Algún huequito libre tendrás, ¿no?

—No.

— ¿Cómo que no? Hasta los más ocupados tienen un minuto de relajación.

—Aprovecho ese minuto para relajarme en la soledad de mi habitación, gracias por preocuparte.

— ¿Por qué eres así? —, Tom era buen actor, eso lo podía ver Bill. ¿Cómo podía fingir tan bien estar dolido?

— ¿Así cómo?

—Pues… Así.

Tom hizo uno de sus gestos exagerados señalándolo con la mano. Bill lo miró entre confundido y enfadado y volvió a echar a andar.

— ¿No contestas?—. Bill miró las luces que pendían encima de su cabeza, las cuales les daban una pinta más cálida y agradable a la feria. Sí, estaba ignorando a Tom—. Vale, pues hablo yo. —, Tom había dejado de caminar hacia atrás para posicionarse a su lado, con andares casuales, como si se conocieran de toda la vida—. ¿Sabes? Esa caseta, en la que estábamos antes, es de mi tío. La abrió confiado pensando que se ganaría mucho dinero, pero teniéndola como la tiene no creo que vaya a funcionarle el negocio—. Se rió entre dientes mientras habría su caja de tabaco de enrollar y cogía un papel de su librillo. Bill no pudo evitar mirarle curioso mientras Tom se preparaba su cigarrillo casero. Había visto a muchos niñatos hacerse uno, pero era la primera vez que veía a alguien hacerlo tan rápido y tan bien. Casi se reprendió por haber dejado de fumar—. Mis amigos y yo estábamos allí para hacerle un favorcillo. Estaba tan vacío que me dio hasta pena. Pensé que nos lo dejaría más barato por eso de que soy su sobrino… Pero es un rácano, casi me ha cobrado el doble de lo que costaba cada cosa y me ha dejado sin blanca—. Tom vio por el rabillo del ojo como Bill miraba el humo que soltaba su cigarro al hablar y se reprendió por sus modales. Se lo sacó de la boca y lo extendió en su dirección—. ¿Quieres uno?

Bill desvió la mirada hacia enfrente mientras meneaba la cabeza de lado a lado y susurraba un “no” que Tom pudo entender sólo por el movimiento que sus labios hicieron.

Siguió parloteando sobre cosas sin importancias durante un buen rato, parándose cuando le tocaba y dejando a Bill también hablar. Claro que el otro solo aprovechaba la ocasión para soltar: “a mí nunca me ha pasado”; “no”; “no sé” o “sí”. No se esforzaba por contarle nada, simplemente estaba haciendo tiempo hasta llegar al parquin.

¡Y es que hubiera sido tan sencillo si no se hubiera perdido! Tenía la impresión de que caminaba en círculos como un tonto y no fue hasta que Tom le preguntó si no se cansaba de haber pasado tres veces por el mismo sitio que no se puso a pensar en ello detenidamente.

Estaba tan entretenido ideando planes para cortar al chico de su lado y largarse que no se había dado cuenta de a dónde había ido a parar.

Ya ni siquiera estaban cerca de las casetas, y ese sitio era tan grande que le parecía perfectamente imposible volver a encontrar su coche. Eso y la palabrería de Tom que no cesaba ni para respirar, lo estaban volviendo histérico.

— ¡Para de hablar!—, cuando vio la cara de Tom, que apenas iba en mitad de la frase, explicándole la complicada tarea de ponerle una bujía a un coche destartalado, quiso reír—. ¡Gracias!—, no quería ser grosero… Bueno, más grosero aún, pero la paciencia era algo que no sabía controlar y el estrés no estaba ayudando en nada—. Si vas a seguirme todo el tiempo, por favor, silencio. Solo un momento.
Tom sonrío e hizo el gesto de cerrarse la boca con cremallera. Bill siguió caminando sin rumbo, con Tom siguiéndole a su lado, con una sonrisita indescifrable que lo estaba poniendo más nervioso que la charla interminable.

Cuando se quiso dar cuenta, estaban en frente de la caseta del tío de Tom. ¡¿Pero cómo se podía perder en una feria?!

Tom no aguantó más y se puso a reír a carcajada limpia. Bill lo miró fastidiado y, quiso detenerse, pero le pegó un guantazo en todo el brazo. Él no sabía de donde salía tanta confianza con el que ahora se reía más todavía sobándose el brazo.

Antes de permitirse siquiera unas risitas compartidas, fingió absoluto enfado y le dio la espalda para que no pudiera notar la sonrisilla que le estaba saliendo en las comisura de los labios. Negó con la cabeza repetidas veces y a punto estuvo de largarse corriendo cuando sintió una de las manos de Tom en su brazo. No lo había notado, pero poco a poco, Tom había dejado de reírse y ahora solo tenía una sonrisa de autosuficiencia en la cara. Bill lo miró con ojos entrecerrados y aguardó hasta que el otro abrió la boca.

—Si me concedes solo una, ¡una!, solo una cita conmigo. ¡Sólo una! Te llevaré hasta donde sea que tengas que ir.

Bill se cruzó de brazos ofendido por la sutil indirecta de su falta de orientación. Sí, era verdad, pero él no tenía ningún derecho de mofarse por eso.

— ¿Y si me niego?

—A parte de que te quedarás solo en este gigante lugar—. Tom abarcó con los brazos todo el paisaje y Bill asintió—,… me tiraré de ese puente.

— ¿Qué?—, la mirada de Bill solo se podía resumir a la sencilla frase de: ¿estás loco o solo te estás quedando conmigo?

— ¿Lo harás?

 — ¡No!

—Entonces no queda de otra—. El encogimiento de hombros de Tom hizo pensar a Bill que se iría, aceptaría el rechazo y se largaría otra vez con sus amigos y recogería a su chica, la cual debía de estar muriéndose de la rabia si Tom de verdad la había dejado plantada en la playa durante todo ese tiempo. Por un momento Bill creyó eso, pero todo se fue al garete cuando lo vio coger carrerilla y correr como un loco hacia el puente que unía la feria con la ciudad. Bill había visto el gran trecho que había desde el río que había debajo del puente hasta este, y fue por eso que gritó cuando vio a Tom saltar con facilidad encima de la barra de seguridad y se quedaba ahí parado, en el bordillo y mirando feliz a Bill, como si estuviera en terreno seguro y no a punto de hacer algo que conllevaba la muerte segura. ¿Es que no tenía sentido? ¿Tenía neuronas? ¿Algo?—. ¿Qué me dices ahora? ¿Me das esa cita?

— No utilices el chantaje como modo para intentar ligar conmigo.

— ¿Eso es un no?

— ¡Ven aquí, no hagas el ganso!

— ¿Sí o no?

Bill pateó el suelo exasperado. Había venido a la feria para divertirse, no para toparse con un loco suicida.

— ¡Es un no, ¿vale?!

Tom frunció el ceño, miró al agua y se subió a la barra otra vez. Bill suspiró aliviado pensando que Tom iba a volver a su lado, a pedirle perdón y a largarse, pero parecía ser que este no tenía intención de cumplirle los deseos esa noche. A cambio, simplemente lo volvió a mirar, le mandó una sonrisilla altanera y con dos movimientos se sacó sus zapatos, dejándolos a un lado.

— ¿Qué vas a hacer?

—Mírame—, en un parpadeo, Tom ya estaba colgando del resquicio del puente, con los pies colgando y solo sujeto a la vida por las dos manos.

— ¡¿Estás loco?!

 — ¡Sólo pido una cita!

Los cuatro amigos restantes del homicida estaban de repente allí, intentando coger las manos de Tom. Este simplemente se libraba de ellos descolgándose y balanceándose cual mono en una rama. Bill sentía que se le iba a salir el corazón por el ombligo.

— ¡Sólo una!

— ¡Venga, hombre! Dile que sí, ¡se va a matar por ti!—, uno de los integrantes del grupo de Tom lo miraba fijamente como si todo fuera culpa suya. ¡No…! ¡No era culpa suya que su amigo estuviera ido de la azotea!

— ¿Sólo una?— La voz de Bill salió temblorosa y asustada. Se permitió dar unos pasos para acercarse al puente y ver a Tom sujetándose con las pocas fuerzas que le quedaban.

— ¡Sí! ¡Sólo una, lo prometo!

Bill miró al cielo pidiéndole una señal de las estrellas. Lo único que recibió fue un grito de exasperación por parte de Tom y un “¡di que sí!” por parte de los colegas.

—Vale… ¡Vale! ¡Una cita!

Se acercó más a la barra logrando ver la cara de satisfacción de Tom. El cabreo le subió por todo el cuerpo. Sin anticipar sus movimientos ni siquiera él, se agachó, y cogiendo la gorra que llevaba puesta el rubio, la tiró con todas sus fuerzas hacia el río, mientras un “¡No, me costó cincuenta dólares!” le hacía sonreír de pura maldad.

Sintiéndose satisfecho viendo la gorra perderse en la negrura de lo que había bajo sus pies, sonrío contento y con un movimiento de mano atinó a decir:

—Me llamo Bill.

Tom, ya fuera de peligro y con un dolor en las manos de aúpa, sólo susurró:

—Encantado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario